La minifalda amarilla

 Diatriba Femenina


Aunque mis conocidos lo duden, yo no me visto pensando en llamar la atención de nadie, no camino meneando mi trasero para que me miren, yo me visto, o bueno, medio me visto para mí, porque me encanta el reflejo de mí misma que me devuelve el espejo: Amo jugar a seducirme. 

Disfruto de las minifaldas porque amo la lengua del sol lamiéndome la mayor cantidad de piel posible. Me gustaría andar desnuda para que el sol pudiera rozar todos los recovecos de mi piel. Pero me incomoda mucho saberme mirada, así que procuro siempre hacerme invisible, pasar desapercibida, y mi forma de hacerlo es ignorar en lo posible la gente, semejante a  los niños pequeños que piensan que al cerrar los ojos nadie los ve.

Generalmente no me doy cuenta cuando me piropean en la calle, y casi siempre que alcanzo a escuchar, me da risa ¿cómo puede semejante imbécil imaginar algo con respecto a mí cuerpo? ¿No se habrá mirado a un espejo? ¿No tiene sentido de la ubicación? ¿Imaginarme a MÍ posible para él? Así que me río, obvio, no delante del susodicho, eso sería alentarle a que haga cuerpo su mente.

Esta semana debía esperar a alguien en una de las zonas más feas del centro: tomada por la indigencia, enfermos mentales, bares de mala muerte, prostíbulos de mísera categoría, policía ausente cuando no permisiva y atracos constantes.

El  asunto es que hacía un sol delicioso, y ya desde hacía días mi minifalda amarilla me hacía ojitos que la usara.¿Pero para meterme a esa zona? Un temor a usarla y salir a la calle se apoderó de mí ¿y si me meten la mano? Una cosa es que me digan asquerosidades, no tengo problema con eso, ningún tipo puede intimidarme con lo que me diga en la calle ¿pero tocarme? Lo odio, se me salta el chip del histerismo cuando me tocan desconocidos sin mi consentimiento.

Me pasé un montón de tiempo pensándolo, me cambié de ropa varias veces,  pasé por todo el abanico de prendas del que pude echar mano, o más objetivamente, del que pude echar piernas. Al final opté por un amplio jean, algo seguro, algo así como ropa de combate. 

A punto de salir me inflé de rabia con el mundo de imbéciles que se creen con el derecho de escupirme sus asquerosidades en la calle, mandarme la mano porque mi falda les parece más bien un cinturón, tocarme porque me confunden con una prostituta, porque me perciben como puta y eso los respalda para tomar mi cuerpo a su disposición.

Me enojé tanto, que me puse mi putifalda amarilla y salí a la calle, y ¡Ay de aquel que se atreviera a tocarme!

Lilit Lobos


* Imágenes encontradas en la web y modificadas

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