'/> Huevos y cabezas - Gruta de Loba

Huevos y cabezas

Oscurece en las calles del centro de la ciudad, sobre la plancha trasera de la camioneta de mi patrón mi cuerpo está tirado de cansancio y prisa por llegar a la estera, de suerte mi patrón hoy pasaba a unos kilómetros de mi barrio. Ya no recuerdo el día en que tuve la idea de venirme a vivir a esta ciudad, como todos los de mi pueblo venir a la capital era el sueño de nuestras vidas, el que venía a la ciudad no regresaba nunca, así tan bueno tendría que ser que no querían regresar al barro y a las manos callosas de arrancar miserias a la tierra. Tendría que ser mucho el dinero que conseguían, para que se les olvidaran sus viejos abandonados a su suerte.

La camioneta se detuvo frente al semáforo a pocos metros de un anciano envuelto en harapos que moviéndose frenético arrojaba unas muñecas a la calle, a las imperturbables llantas de los carros. En esa ciudad habitaba cada loco, nadie se detenía, los autos paraban lo preciso para no estrellarse con sus opuestos en los cruces del semáforo.

Cada quien en lo suyo, a nadie le importaba fueran arroyadas unas preciosas muñecas con rostro de porcelana en trajes como los de la virgen de mi iglesia. El mundo tenía fábricas de muñecas, millones salían todos los días hacia las tiendas, más acordes a los gustos de los compradores.

Aproveché el rojo del semáforo para saltar de la camioneta. Grité al anciano que parara, hizo caso omiso de mis palabras, no me oía. Me acerqué a su rostro, era una mujer y el problema no eran sus oídos, pues sus ojos se dirigieron hacia una de las muñecas cuando por el movimiento de ser arrojada al suelo,  justo en el instante en que las llantas de un camión se le acercaba, dejó salir su cantarina -¡Mamá, mamita, ámame mamita!-. Como digo, no eran sus oídos,  fueron sus ojos de locura los que no  hacían caso a mi reclamo por la salvación de las muñecas. Perdía mi tiempo, como ya había perdido la camioneta de mi patrón que muy amablemente había aceptado dejarme a unos cuantos kilómetros de las casuchas en los extramuros de la ciudad, ahora tendría que ir caminando.

Al irme una de las muñecas pasó rodando frente a mis pies, a punto de ser destrozada por las llantas de un bus la alcancé del brazo. Su rostro era muy bello y sus ojos de cristal reflejaban mi imagen de buena persona. Me la llevé, sería mi obra de caridad del día, la salvaría de la extinción y además ahora tendría una especie de hija que me diría te amo a la cual no tendría que alimentar.

Frases hermosas salían de la muñeca a pesar de su manufactura de taller, la variedad de palabras y lo acordes de éstas, la hacían parecer de última tecnología.  Al poco tiempo de llevarla en mi costado sentí una punzada sobre mi cintura, dolió un poco, creo con el ajetreo al que la sometió la vieja que intentaba deshacerse de ella se le soltó parte del mecanismo, ya la repararía luego, quizás. Del dolor me olvidé pronto quienes venimos del pueblo sabemos aguantar, no presté atención, ya en casa vería.

Muchas cuadras más adelante se bajó de mí costado y caminó a mi lado  ¡Qué maravilla de muñeca, ahora sí era cierto que podría ser mi hija! Se lo dije acariciando su carita de porcelana, no emitía gestos pero aun así pareció sonreír. Faltaban demasiados kilómetros para llegar a la estera en mi rancho, mío porque me apropié de unos metros de monte y con trozos de plásticos y otros desechos de ricos me construí un colador de goteras, una estera y un pequeño fueguito donde hacerme un café antes de dormir.

Me sentí enfermar ¿al fin me estaría tomando el mal de la ciudad? ¿o sería el hambre? Recordé no haber almorzado, tanta costumbre tenía en no comer que olvidaba a menudo llevarme algo a la boca, el dolor de cabeza o los mareos repentinos me recordaban esa insufrible necesidad.
Aún estaba lejos de las empanadas callejeras de mi barrio, eran baratas y con carne. Mejor no preguntarse de dónde salía la carne, lo importante es que ahí estaba y sabía bien.

Muy lejos estaba mi rancho y el agotamiento ya me recorría como una fiebre, me hizo entrar a la primera cafetería por la que pasé. Para mí desgracia comprar un simple café en ese lugar se llevaría una gran parte del dinero escondido entre mi media, no podía caminar más con ese malestar regado por el cuerpo.

Me sirvieron café, la señorita dijo que era café, me llevé el primer trago a la boca, pero a ese líquido espeso de sabor intenso no lo reconocía mi lengua, era como si estuviera vivo.  Mi muñeca se levantó de la mesa que ocupamos, la vi meterse bajos las otras mesas, era inquieta, creo que quería jugar con los comensales, tendría que ponerle nombre, uno bonito por el cual pudiera llamarla cuando se fuera a jugar con otras personas. Fue verla desparecer bajo los manteles para que de prisa se sentara frente a mí una mujer de melena negra, estaba agitada y se me acercaba demasiado, su voz entre dientes no me permitía entender su afán.

-Hoy me tocaron todas las locas de la ciudad. – Pensé al ver sus ojos, tenían algo que me recordaba los de la anciana de esa tarde. Estaba loca, su forma rápida de hablar, el susurro, su mirada ocupada en recorrer el lugar en vez de hablarme directamente. No entendí lo que dijo, pero habló de la muñeca, en lo fuerte que ahora era y en la urgencia de deshacerme de ella.

¡Una loca de lo peor! ¿Por qué habría de deshacerme de mi ahora hija? No habría podido encontrar mejor compañía en esa larga caminata a casa. Las cosas que decía no tenían sentido. Algo vio, se paró para irse y entonces dijo -¿Seguro es hambre tu dolor de estómago? Mira tu abdomen.-

Qué ridícula mujer, pensé. Esta ciudad destruye la gente…Terminé mi café, el hambre no se fue pero bajo mi camiseta algo se movió. Una sensación de frío me subió hasta calentar mi cabeza, ¿Miedo? El miedo es una cosa de niños, me dije y las manos me temblaron.

No quería ver lo que se movía bajo la tela, ya mi muñeca regresaba ¿Sonreía de verdad o el dolor en mi abdomen me hacía alucinar? quise preguntar a la mujer, pero ya no estaba y el movimiento en mi costado se intensificó. Entumecido el cuerpo entre el deseo de correr, alzar la camisa, dejar de temblar, ¡mirar! ¡mirar! mis manos al fin se movieron, descubrí la piel... Allí, donde había sentido el punzón de la muñeca, huevos y cabezas de serpientes bullían.

Lilit Lobos



Huevos y cabezas Huevos y cabezas Reviewed by Lilit Lobos on 10.9.17 Rating: 5

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